AIESEC es la organización juvenil más grande del mundo: fundada en 1948, dirigida íntegramente por jóvenes, presente en más de cien países, con estatus consultivo ante la ONU. Su producto principal es el intercambio: mandar y recibir voluntarios y practicantes. En el ITAM el comité local vive en un cubículo frente a la librería del campus Río Hondo, y en 2024 pasé un año ahí en dos roles que se parecen poco entre sí.
Enero a junio: recibir voluntarios (iGV)
En el área de Incoming Global Volunteer el comité es la entidad anfitriona: levanta proyectos con ONG e instituciones locales, los alinea con un Objetivo de Desarrollo Sostenible, los publica en la plataforma global, entrevista a los voluntarios extranjeros que aplican y, cuando llegan, se hace responsable de ellos.
Ese semestre acompañé a ocho voluntarios internacionales desde antes de aterrizar hasta el final de su proyecto: las llamadas en inglés con el comité que los enviaba, la documentación de llegada, la recepción, el seminario de preparación donde les explicas cómo funciona la ciudad y cuáles son las reglas de seguridad, el seguimiento semanal y la coordinación con la organización donde trabajaban. El proyecto histórico del comité está anclado en educación con niños de Tizapán, la colonia vecina al campus, y verlo funcionar con gente de tres continentes fue mi primera experiencia de trabajo con stakeholders reales: personas con intereses distintos que dependen de que tú cumplas.
Lo que más me sirvió después no fue la logística sino la comunicación intercultural: explicar lo mismo cinco veces, en inglés, a personas con contextos distintos, y confirmar que se entendió.
Julio a diciembre: liderar el equipo que envía (oGV)
En el segundo semestre cambié de lado del mostrador y de rol. Outgoing Global Volunteer es el área que atrae estudiantes del ITAM y los acompaña hasta que realizan un voluntariado en otro país. Y ahora era Team Leader de tres personas.
AIESEC mide todo con un embudo: registro, aplicación, aprobación, realización. Cada etapa tiene una tasa de conversión y un tiempo. Mi trabajo era diseñar campañas de atracción en el campus, asignar los registros a mi equipo, revisar el embudo cada semana, sostener llamadas en inglés con comités de otros países para desbloquear aplicaciones, y llevar a cada persona hasta la realización. Cerramos el semestre con nueve realizaciones: nueve estudiantes que efectivamente viajaron y completaron su proyecto.
Pero la parte que me cambió fue la de liderar. AIESEC tiene estándares de equipo: definir el propósito y las reglas, escribir la descripción de puesto de cada miembro, tener 1:1 recurrentes con plan de desarrollo, dar retroalimentación y cerrar con una evaluación. Hacerlo con tres compañeros de mi edad, sin autoridad formal, solo con la que te ganas, fue la mejor escuela de liderazgo que he tenido. Aprendí que un 1:1 no es una reunión de estatus sino una conversación sobre la persona, y que un equipo pequeño rinde cuando cada quien sabe exactamente qué le toca y por qué importa.
Lo que me llevo
Tres cosas que uso hoy en un equipo de datos. Primero: medir el embudo. Cualquier proceso con etapas se puede instrumentar, y lo que no se mide se estanca sin que nadie lo note. Segundo: el inglés funcional. No el de un examen, sino el de resolver un problema por videollamada con alguien en otro huso horario. Tercero: la responsabilidad sobre otros. Cuando un voluntario aterriza a las once de la noche y tú eres el contacto, entiendes lo que significa ser el responsable.
AIESEC lo resume en su modelo de liderazgo con cuatro cualidades: consciente de sí mismo, orientado a soluciones, capaz de empoderar a otros y ciudadano del mundo. Un año después, me parece una lista razonable de lo que intento ser.